Tributos

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Capítulo 47: El espectáculo final

Ante todo, mis disculpas por no cumplir con los tiempos pero entre el comienzo del curso, y el SYOT, al cual os invito encantada, no tuve mu...

viernes, 27 de enero de 2017

Capítulo 38: Tensión desmesurada

Sigo cumpliendo cada vez mejor con los tiempos, y es que he pasado de no saber como seguir el juego a tenerlo demasiado claro en apenas dos meses, final de los juegos incluida xD. Y lo amo mucho muchísimo ya que significa que después de llevar cuatro años, y cada vez más días, con la fic, por fin le veo el desenlace :D
Capítulo 38: Tensión desmesurada.


– Cynthia...–Dijo William virándose, sorprendido de oír a su chica hablarle, pero ella no le dejó continuar.

–¡No! No intentes explicarme, ¿quieres? No me interesa discutir pero, ¡por favor! –Casi suplicó haciendo que Miller soltase un suspiro frustrado, y él una mueca. Sabía que si ella llegase a escucharlo complotar contra sus aliados no lo aprobaría, pero no esperaba que lo expresase de esa forma. –Párate un minuto a pensar en los demás. Sean tiene una familia y amigos de los cuales uno de ellos es posible que nos esté mirando ahora mismo. No se lo merece. –Se refería a Finnick, evidentemente, y en cierto modo le molestaba, ya bastante difícil era para él aislarse, matar a todos sin pensar en el daño colateral que le hacía a su chica al hacerlo; sin tener que pararse a meditar cómo se lo tomarían los amigos o familiares de sus víctimas.

Por eso no supo responderle, sabía que Cynthia tenía parte de razón, pero no le favorecía.

– No iras a escucharla, ¿verdad? –Intervino entonces Miller, frustrada. –Miralá, ¡por favor! No es más que una debilucha sentimental que no vale para nada. –Por un instante aquellas palabras despertaron algo en Cynthia, rabia, y comprendió porque William y Miller simpatizaban: Esa chica se comportaba como la difunta hermana de William. Despreciándola y subestimándola continuamente, solo que en este caso ella podría intentar hacer algo para parecer menos débil. Recordó como la otra chica había reaccionado el día anterior, le había enfurecido pero a la vez esa furia le había ayudado a reaccionar.

–Tal vez pero esta debilucha al menos se para a pensar a quién quiere o no afrontar al salir de la arena. –Le precisó fulminándola con la mirada. –William no pretendo impedirte ayudarme a vivir como quieras, sería demasiado estúpido a estas alturas. –Sonrió amargamente, mientras el chico asentía. Sabía perfectamente en lo que estaba pensando la joven para decir ese comentario, lo que hizo él en la gira, los ojos asustados de Finnick Odair, y las miradas que habían compartido, no solo entonces, sino cuando él y Sean se abrazaron tras la entrevista. Era demasiado obvio que si para él había supuesto algo muy doloroso el engaño y asesinato a su hermana, el año anterior, el vencedor podría encajar tan mal o peor esa tortura que planeaba Miller. Solo que había una diferencia:

Finnick Odair era un vencedor, los agentes de la paz no podrían frenarlo tan fácilmente como lo frenaron a él.

Y al recordarlo William no pudo evitar estremecerse.

– Pero sí me gustaría poder decidir como llevar mi supervivencia a partir de ahora. Esto no me gusta Will, actúas a la desesperada y lo sabes. –Seguía hablando, Cynthia, William volvió a asentir despacio, tenía razón. –Sean y yo teníamos una alianza para llegar al final. Me lo ofreció en un momento en qué, al igual que tú, me sentía desesperada.–Abrió los ojos sorprendido, ¿alianza, ¿cuándo? ¿La primera noche que vigilaron la Cornucopia? Imposible.

 –No es seguro, podría matarte. –Le explicó, no hablaba a la ligera, era demasiado obvio a estas alturas que el profesional del distrito cuatro era tan hábil como imprevisible. Cynthia podría vencerlo, sí, pero también podría sucumbir.

–Lo sé y no te lo discuto. Pero creo que ese trato se merece que tenga la oportunidad de huir ante una traición. Eso sin contar que hasta ahora Sean no hizo más que ayudarnos. Busquemos otro camino.–Miller no respondió con otra cosa que no fuera un grito de frustración, odiaba a ese chico del distrito cuatro, definitivamente. Todos se fiaban de él sin discutir y no era justo.

–¿Cuál?

–Cualquiera, ¿crees acaso que el Capitolio desperdiciaría un enfrentamiento entre alianzas fuertes, cuando estos solo se suceden dos de cada diez juegos? Los tributos que quedan no son de los más débiles, a excepción del chico del distrito cinco. Quizás nos favorezca más enfrentarlos con Sean de nuestro lado.

–¿Y buscar un modo de abandonar a los chicos del distrito cuatro en medio de la contienda? –Sugirió Miller enseguida con una sonrisa, parecía que Cynthia no era tan ingenua después de todo. Sabía lo tanto que había provocado Sean a Jack, y Nolan a William. La chica rubia se quedó callada negando con la cabeza, pero ella ya no le hacía caso. –Mala idea no es.

–Y tampoco tenemos que decirles nada si sabemos esperar. –Culminó William asintiendo para luego observar la entrada a la cueva, algo inquieto, llevaba demasiado tiempo sin oír ningún cañonazo y le preocupada. Todavía eran demasiados supervivientes a su gusto, aunque dado que estaban culminando el tercer día en la arena no era algo tan malo. Si Cynthia tenía razón, y Nolan y los demás se volvían a juntar contra ellos podrían tener un espectáculo muy bueno. El problema era que seguía sin saber cómo evitar que ella lo viese.

Y a este paso no lo sabría nunca.


En el interior de la cueva Nolan se agachó, arrastrando a Jack con él mientras se apuraba en seguir corriendo. Y un hacha pasó por encima de ellos ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había hablado con el chico del distrito cinco hasta ahora? No mucho pero había sido suficiente como para que Radón confiase en él, y se dejase dormir mientras seguía montando guardia. Poco después Jack había despertado y Nolan había tenido la ocasión de hacer las preguntas que no había formulado al encontrarse con el grupo. Terminaron alejándose un poco de su refugio, mientras hablaban y el chico del siete comunicaba sus planes. Al oírlo Nolan no supo como reaccionar, afortunadamente, o desafortunadamente todo habría que verlo, Sean lo había hecho por él.

Y es que, esta vez, al contrario que cuando los profesionales penetraron en las cuevas, los chicos del distrito cuatro habían sido muy discretos, tal vez por la ansia de atrapar al chico del cinco. No sabía cómo pero al rato de enterarse del trato encubierto que querían hacer sus aliados con Radón, perdonándole la vida a cambio del secreto y su ubicación, había visto un haz de luz y comprendió la absoluta tranquilidad que les había rodeado a pesar de lo ocurrido. Los vigilantes no obligaban a los profesionales a cruzarse con ellos porque sabían que estaban cerca.

Nolan solo tuvo unos minutos para avisar a Jack, y trazar un plan para que no se descubriese la ubicación de los demás. Unos minutos antes de que los chicos del distrito cuatro los viesen, y tuviesen que huir a través del túnel en donde se hallaban. Pero hasta ahora Sean no había lanzado nada, dejándolo posicionarse a la cabeza de la carrera de forma demasiado fácil. Por alguna razón que no comprendía, no se habían cruzado con trampas que le obstaculizasen el camino, pero comenzaba a cansarse de correr buscando una distracción que lo cambiase todo. Jack dió un pequeño salto cuando la siguiente hacha le obligó a soltarlo, casi a la par que Sean decía algo semejante a “No creas que te me vas a escapar pequeño genio”. Se sentía aterrado, no debería porque sabía que era justo lo que quería el chico del cuatro pero no podía evitarlo.

– ¿Estás seguro de que esto sirve para algo?–Le preguntó a Nolan, buscando desesperadamente una solución más rápida que correr sin descanso esperando que sus perseguidores se fatigasen. Se detuvo en una bifurcación de caminos y, sediento, bebió de la botella de agua que guardaba en su mochila, acabando el líquido casi de golpe. Nolan, por su parte, intentaba recuperar el aliento por un instante. Negó con la cabeza, y ante la falta de proyectiles observó hacia atrás con curiosidad, parecía que los chicos del distrito cuatro también se habían detenido.

– Creía que los túneles seguirían llenos de trampas, pero está claro que éstas solo se activan cuando los vigilantes quieren. –Explicó, enfadado, antes de comenzar a moverse de nuevo, un poco menos sofocado. Jack le observó arqueando un ceja al ver que tomaba el camino de la derecha sin consultarle, pero lo atribuyó a la urgencia del momento. El miedo que se imaginaba que sentía. Aunque en cierto modo se equivocaba.

Nolan no había reaccionado así, sin pensar, por miedo, había sido algo automático, un movimiento que le hizo sentirse seguro. El poder elegir qué hacer y cuándo, lo echaba de menos desde que había llegado a la arena pero hasta que se encontró solo tras el ataque del lobo, y ahora con la acción, no advirtió cuanto. En su distrito estaba demasiado habituado a actuar en solitario, aunque conociese a más rebeldes, era el mejor modo de ser imprevisible, y este giro de los acontecimientos se lo había recordado.

Apuró un poco el paso al sentir que algo se movía a su alrededor ¡Demonios! Sean no sería rápido pero sí astuto, había seguido el mismo camino que ellos. Intentó revirar la cabeza para calcular la distancia que había entre ellos, pero el cuchillo que volaba hacia Jack se lo impidió.

– ¡Cuidado!–Advirtió tirando de su brazo, pero incluso así no pudo evitar el arma del todo, y la hoja de esta vino a incrustarse en el brazo del chico del distrito siete. Este soltó un grito, observándolo con sorpresa, pero los ojos de Nolan estaban más atentos al peligro que a él.

–Ah, ¡estáis aquí!–Dijo Sean, observándolos con decepción. –Creía que después de semejante carrera al menos habríais tenido la precaución de separaros ¡Giannira!–Su grito convenció a Nolan de retomar la marcha y siguieron serpenteando un poco más a través de los túneles hasta que, de repente, ocurrió. Los vigilantes reaccionaron y la entrada por la que cruzaron a toda velocidad se cerró por detrás, con tanta fuerza que tuvieron la sensación de que las paredes temblaban a su alrededor.

Nolan se detuvo, sorprendido, la pared de roca que se hallaba tras él parecía dura pero no del todo insonora, lo supo porque enseguida oyó el sonido de algo que chocaba contra ella desde el otro lado, antes de caer al suelo. Por el ruido que hacía al caer dedujo que era algo más largo que un cuchillo o hacha, lo que significaba que Giannira no había tardado mucho en encontrar el camino de vuelta desde el túnel que no habían cogido. Era lo único que podría explicar el hecho de que Sean apareciese sin ella, que hubiese cogido otro camino. Por un momento se sintió estúpido de no sugerirlo, se supone que Sean y él eran aliados, podría haberse librado.

Se supone.

–¿Y eso? –Preguntó Jack, confundido por el repentino silencio. –¿Por qué lo habrán detenido?–Nolan se encogió de hombros.

– Sea porque sea nos conviene. –Contestó y estudió su estado y el de su aliado. Aparte del brazo izquierdo de Jack no había nada que lamentar, y siendo este diestro no le causaría problemas. –Yo que tú no quitaría ese cuchillo enseguida, si está tan profundo como creo solo te servirá para perder sangre. Esperemos al menos hasta encontrar algo de agua natural y, si es posible, a los demás. –Detuvo el gesto de Jack posando su mano sobre el mango de ese cuchillo y así notó algo que le llamó la atención. Era como si tuviera un papel anudado.

Lo soltó enseguida, antes de que su aliado lo advirtiera. Quizás Sean lo hubiera perseguido con otro fin además de dar acción, quizás realmente buscada algo de él, pero hasta que volvieran al refugio no creía poder averiguarlo.


– ¡No puedo creer que se lo hayas dado! –Dijo Finnick Odair, frustrado, mostrándole a su compañera mentora una repetición de la noche anterior. En la Cornucopia la tercera noche había pasado sin más sobresaltos para sorpresa de Dalila, quién había estado de guardia mientras el joven vencedor cumplía con sus obligaciones fuera del asesoramiento de los tributos del distrito cuatro. Los vigilantes habían detenido la persecución por hallarse esta a apenas un túnel de la tensa Cornucopia. Y ella había decidido aprovecharlo para darle un mensaje a Sean Kingsley.

La imagen mostraba a Giannira lanzando el tridente, frustrada, contra el muro de piedra, y a Sean pestañeando, sorprendido, para luego encogerse de hombros y decir que ya era hora de que volviesen a la Cornucopia. Después siguió los caminos de los distintos tributos, tras aquel revés, que además de detener la batalla despertó a la chica del distrito ocho y el del doce. Estos, al advertir que Nolan y Jack ya no estaban, habían despertado a Maika para partir en su búsqueda. No podían separarse ahora, no era prudente y menos creyendo, como habían creído ellos entonces, que los profesionales seguían en su busca. Con el tiempo, y gracias a la buena mano de los vigilantes, se habían encontrado, con Nolan y Jack demasiado cansados para hacer otra cosa que dormir, pero se habían encontrado.

Al salir de las cuevas Sean se había encontrado una sorpresa, un paracaídas con lo suficiente como para iniciar un pequeño incendio por su cuenta, y un mensaje: “¿No crees que ya es hora de desvelar tu secreto chico Kingsley?” Lo firmaba Dalila, y por la chispa que había brillado en los ojos de Sean al leerlo, era obvio que había acertado con el regalo.

– Y yo no puedo creer que tu chico siga jugando con Nolan a confundir al personal. No es bueno para la alianza. –Juzgó la chica castaña de ojos azul mar que Giannira tenía por mentora, la vencedora de los quincuagésimo novenos juegos del hambre, Dalila Marín.

– Sean no está jugando, solía enviarme mensajes de una forma parecida en la academia. Solo que estos no estaban en armas lanzadas a matar, sino clavados adrede en dianas cercanas, o cualquier superficie próxima a mi posición.–Precisó su interlocutor haciendo que ella lo mirase tan sorprendida como crítica. Por fortuna Sean no parecía haber tomado su indirecta como algo inmediato y los profesionales seguían juntos, así que no comprendía la inquietud de Finnick.

–Cosa que sería extraña en una arena. Jack sospecharía enseguida, supongo que es ingenioso. –Aceptó la joven a regañadientes y se encogió de hombros. Se hallaban solos, en la sala del distrito cuatro, después de oír discutir a los tributos de su propia alianza sobre cómo asesinar y, o, torturar a Sean comprendía porque el mentor del distrito cuatro no había vuelto a pasarse por la sala del distrito uno desde que Sean había salvado a Nolan. Todos los mentores estaban tensos a la espera de qué grupo de tributos cometería el primer error que desataría la tormenta. Era insoportable.

Y lo que había ocurrido en los juegos no favorecía la situación, al contrario, parecía que los vigilantes también apreciaban esa alianza entre los chicos del distrito cuatro y ocho. Lo había comprobado ayer mientras montaba guardia, había bastado que Sean y Giannira se retrasasen un poco para que los vigilantes buscasen un modo de reunirlos con Nolan, y provocar que este salvase al primero. Cosa que al instante había disparado el raiting de audiencia.

Después de eso ella también se había sentido incómoda, no importaba que los profesionales siguiesen su camino tras el chico del distrito cinco. Era mirar a Brutus o a Evans y sentirme de más. Cuando Robin murió la cara del primero había mudado de la sorpresa a la ira, justo antes de abandonar la sala. Por un momento ella también quiso hacerlo pero se convenció de que era una reacción desmesurada, hasta que Miller le propuso aquel trato a William.

No, huir no era una reacción desmesurada, desmesurada era la tensión presente en la sala y en la arena. Donde los tributos profesionales estaban cada vez más apresurados de terminar con todos los débiles, y así poder comenzar a deshacerse de los que consideraban peligrosos, y, o, un problema en la alianza. Solo había que ver como se había enfurecido Miller al saber que ni Sean, ni Giannira, habían conseguido matar ningún tributo esa noche, para comprobarlo.

Y era obvio que Sean, con todas las ventajas de las que disponía, se estaba convirtiendo en uno. Por eso ella le había mandado aquello, era una señal encubierta de que era hora que dejase el juego de buen samaritano y pasase a la acción.

Si los profesionales consideraban a Sean Kingsley un peligro en su grupo, lo sería. Al fin y al cabo ellos mismos se estaban convirtiendo cada vez más en un peligro para él. Había actuado de forma lógica, lo sabía.

Por eso no entendió por qué, al día siguiente, cuando Finnick le pidió que antes de acudir a la sala del distrito uno se reuniese con él en la de su distrito, lo primero que hizo el chico fue reprocharle aquel envío.


En la pantalla de los juegos del hambre en directo los profesionales estaban comiendo, mientras que, en la cueva, la chica del distrito nueve presionaba de forma nada amigable al del cinco para que les revelase su secreto. Dalila se preguntó cuánto tardaría en ceder, ese chico era tan previsible y cobarde que era cantado que lo haría. Cualquier cosa antes que morir, el problema era que en una coacción en medio de los juegos del hambre el riesgo de morir era muy alto. Y la única forma de escapar de él era conseguir una razón por la cual te necesitasen en la alianza.

Y dado lo ocurrido estos días dudaba que el chico del distrito cinco la tuviera. Si conseguía llevarles hasta la pared de cristales moriría por no ser más útil, sino por haber mentido.

La pregunta era cuánto tardaría él en advertirlo.

–¿Vas a estar enfadado mucho tiempo? –Demandó entonces a Finnick, después de un rato, al ver que este había optado por ignorarla. Tener un vencedor tan joven y emocional en el equipo era contraproducente, pero era obvio que el Capitolio no lo veía del mismo modo y ella se debía a él.

Finnick Odair iba acudir al Capitolio las veces que quisiesen, las cuales dado el número de patrocinadores que tuvo el chico el año pasado no serían pocas. De hecho, apostaría que ganase Sean o no en estos juegos el número de admiradores aumentaría. Su tributo era como un golpe de suerte en el distrito cuatro, no habían tenido a nadie tan imprevisible en una arena desde la elección de Denalie Cresta en los sexagésimo segundos del hambre. E incluso así, lo único que había conseguido esa chica era durar hasta los últimos ocho siendo una profesional independiente de alianzas en la arena. Y dado que los profesionales de ese año no habían tenido reparos en abandonar a su compañero de distrito, frente aquel muto que era un cruce entre un lobo y una araña de patas largas y filosas, la chica había hecho lo correcto al matar al chico del distrito uno cuando, el muy listo, intentó coaccionarla para que se retractase en su decisión de no querer ninguna alianza, en pleno baño de sangre. Dejándole claro a los profesionales que estaban perdiendo el tiempo al exigirle, por enésima vez, que se uniese a ellos.

Sean, en cambio, sabía como mantener el raiting en su persona, ya fuese a base de coraje, astucia, o manipulación. En estos dos últimos días el chico había pasado del penúltimo puesto de los profesionales en popularidad, al segundo, rozando e incluso superando a Cynthia, o William, en algunas encuestas.

Y eso era obvio que enseguida se traduciría como resultado de un perfecto asesoramiento de Finnick Odair, que no haría más que subir la alta popularidad del más joven vencedor de los juegos del hambre.

–No lo entiendes. –Protestó este, mientras observaba como Cynthia culminaba y llamaba a Sean, para que los dos patrullasen los alrededores de la Cornucopia. No sabía por qué esta situación se le hacía familiar, no había pasado tanto tiempo como para los profesionales hablasen de cómo disgregar la alianza, ¿o sí? Después de ver las repeticiones de la última noche ya no estaba tan seguro.

– Si no me lo explicas no. –Contestó ella posicionándose frente a él, cruzada de brazos. –¿Qué te preocupa?, ¿que castiguen a Sean? ¡Vamos! Es obvio que si ningún miembro de la familia Kingsley murió mientras Sean no era más que un chiquillo travieso e insoportable, que se burlaba de la autoridad, es porque se han dado cuenta de lo contraproducente que sería dado el carácter de nuestro tributo. –Finnick asintió, aunque no podía estar tan seguro como ella. Lo único que había conseguido la muerte de Denalie Cresta en esa arena era que Sean perdiese el poco control de él mismo, que tenía con once años, y cooperase con los rebeldes en aquel incendio, sin pensar en que podría significar su muerte. Peor aún cuando el líder de la organización cayó asesinado ante él. –¿Entonces?

Sin embargo era obvio, dado el caso de Haymitch Abernathy, que al Capitolio no le importaba mucho perder la oportunidad de dominar un vencedor si este se desmoralizaba hasta el punto de ahogarse en bebida, drogas, o, directamente, suicidarse. Y quizás justo era lo que buscaban en Sean Kingsley al mandarlo a la arena junto con Giannira, el momento justo en que el dolor fuese demasiado para él.

El problema era que nadie, ni siquiera él, que se consideraba su mejor amigo, podía adivinar cómo el chico reaccionaría en ese momento.

Finnick no contestó, hecho que hizo que la mujer suspirara como si no tuviese remedio y se fuese a consultar los ratos de audiencia en su propia pantalla. La sensación de familiaridad seguía en su mente, sobre todo después de lo que le estaba diciendo la chica del distrito uno a Sean:

– Creo que deberías dejar la alianza. –Su tributo apartó la vista del tramo de la Cornucopia más cercano al bosque luminoso, donde estaban patrullando, y la observó con curiosidad. –Escuché a Miller y a William hablar ayer, y aunque no lo parezcan se hayan demasiado tensos. Esa chica será sanguinaria pero no idiota, es demasiado obvio que quiere tu muerte y hará lo posible para conseguirlo. Casi convence a William anoche de romper la alianza matándote en cuanto los otros tributos sean historia, tal vez incluso antes.

–Imagino que debiste intervenir a mi favor. –Dijo él y Cynthia asintió algo temerosa.

– Le dije que quería tener la oportunidad de decidir por mi vida a partir de ahora. Y que por respeto a nuestra alianza, y todo lo que hiciste, deberían de darte la oportunidad de huir. Pero no estoy segura de que me hagan caso. Tienen mucha prisa en matarte y no creo que pueda hacer mucho si la traición se hace en plena contienda con la alianza de Jack. Y solo faltan dos tributos por morir para ese enfrentamiento.

–Yo diría que uno. –Dedujo Sean de forma astuta. –Sospecho que la razón de que no encontráramos a la chica del distrito nueve vagando por las cuevas anoche, es que está unida a ellos. – Con la muerte de la chica del distrito once, pero no de su aliada, a los profesionales no les había sido difícil adivinar antes donde andaba, también, la chica del distrito ocho. Nolan, Chris, y Jack estaban muy unidos como para disgregarse por decisión propia entonces, y ellos intuían que seguían estando-lo ahora.

–Tiene sentido, dado el ocho que la chica sacó en el entrenamiento. Jack siempre ha estado muy decidido en vivir y tener una buena alianza es uno de los pasos para ello. –Concordó la tributo del distrito uno. –Sean, hablo en serio, a estas alturas mi trato contigo solo serviría para empeorar las cosas. Puedo intentar hablar con William para que te dejen un turno de guardia junto a Giannira esta noche. Aprovechadlo para huir.

¡Increíble!” Pensó Finnick sin despegar sus ojos de la escena en la pantalla, a pesar de que esta ya se dividía mostrando como el chico del distrito cinco aceptaba guiar a la otra alianza hacia la ventaja que querían. Restaba ver si lo conseguiría. “Es como hace un año, cuándo solo quedaban siete tributos en la arena...

En aquel momento Rubí y él se habían quedado en la Cornucopia, mientras los demás profesionales iban a buscar al único superviviente que restaba, el pequeño pero resistente chico del distrito diez. Y ella no había tardado ni un minuto, del que llevaban solos en aquella franja de arena marina, en comunicarle sus sospechas sobre cómo iban a romper los otros profesionales la alianza, matándolo a él...

No estaba seguro de por qué a ella le importó su vida en aquel momento, pero sospechaba que el hecho de que la sedujese, al igual que a Marina, entonces, tenía mucho que ver. Le convenció de que huyesen, al igual que estaba haciendo Cynthia ahora con Sean pero con una diferencia, además de la obvia que consistía en que ella no se iría con su tributo. Esa noche, en ese momento, Finnick Odair convenció a Rubí de esperar, de que la despertaría en el momento indicado, pero no lo hizo.

Finnick no recordaba arrepentirse en ningún momento de aquella decisión, le sería más fácil matarla si esta no hacía parte de una alianza con él, en favor de su supervivencia. Lo sabía.

–Ya veo porque te distraes. –Terció Dalila, sorprendiéndolo al posicionarse tras él, casi rozándolo. –La situación de los tributos es taaan familiar. Me pregunto si Sean tomará la misma decisión que tú.

Finnick suspiró, era obvio por qué Giannira había sido tan insistente y pesada con Sean en el entrenamiento, de quién lo había aprendido, la mentora del distrito cuatro estaba teniendo justo la misma actitud con él.

– ¿Podrías alejarte?–Le ordenó, sin siquiera dignarse a mirarla. –Ya tengo suficientes Capitolinas detrás, en la misma actitud, como para tener que soportar una vencedora molesta.

Dalila no le hizo caso, sino que simplemente acercó su cabeza al oído del joven, y le respondió.

– Y tú podrías contestar a mis preguntas sobre Sean. Creía que habíamos acordado no tener secretos sobre nuestros tributos, desde el momento en que estos se convirtieron en aliados incondicionales. Créeme, es lo mejor.–Finnick suspiró, apartándose él entonces, cosa que provocó una alegre risa por parte de la joven.

–Está bien. –Cedió, dejando de darle la espalda –No me preocupa lo que podría pasar a Sean de utilizar el regalo para convertirse en vencedor. Sino, el modo, el momento, y el estado, no precisamente físico, en que se hallará cuando lo use. Sean no es un profesional normal, lo sabes tanto como yo, es una auténtica bomba de relojería y me preocupa lo que ocurrirá cuando estalle. –La sonrisa de la vencedora duró lo poco que tardó en procesar el significado de esas palabras. Y sus ojos volvieron entonces a la pantalla de los juegos, donde la actitud de Nolan, según la otra alianza se acercaba cada vez más a la pared de cristales, dejaba ver que el chico del distrito cuatro no era la única bomba pendiente de estallar.

Sí, desde luego, la tensión del cuarto día de los juegos del hambre se estaba volviendo desmesurada.

La tensión aumenta a la par que lo hacen las palabras sobre el papel xD. En este capítulo quise matar a alguien pero al final me dieron 4416 palabras y decidí que el instante que me faltaba por añadir no solo estaba de más, sino que tampoco se vería bien reflejado en medio de la “discusión” que estaban teniendo Dalila y Finnick. Espero que el Capítulo os haya gustado tanto como a mí escribirlo, en un mes más XD.


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